sábado, 14 de noviembre de 2009

¿Qué oficio les pondremos?

Entre las cuatro paredes, cuando las personas se van, los objetos se aquietan, se relajan, se callan. Pero no inertes. Ellos también se miran hacia adentro, en la quietud, en la seguridad que proporciona un hogar sin mujeres maquinando, sin hombres creando, sin niños deambulando, sin perros con instinto monocromático. Los objetos también se buscan a sí mismos, y reflexionan (esto, siempre para sí mismos, jamás lo comparten con otros objetos, pues deben siempre parecer inanimados).
Así, el reloj, mientras mueve sus manitas en una danza árabe con los sonidos de sus entrañas, comienza a reconocerse. El medio de pasar el tiempo, y de contar con él. El portal que separa a los fantasmas de los hombres hoy. Manipulador de las horas, una más, una menos. Capaz de detenerse cuando lo desea, cuando se cansa de caminar al ritmo de aquellos que dan por sentado que tienen tiempo que perder. El reloj, pues, se cree reloj.
De adentro y de afuera, el espejo se entretiene deslumbrando a los cristales, y se identifica. Bella confirmación para los conscientes, insoportable realidad para los extraños de sí. Respuesta a la sonrisa satisfecha del que se sabe en lo correcto, extensión de la luz casi insana de ciertas miradas. Ampliación de los paisajes después de las ventanas, herramienta para mirar de espaldas. El espejo, pues, se entiende espejo.
Entre las sábanas revueltas, la almohada pretende dormir, ahora que no hay nadie que le corte la algodonada circulación con sueños irrealizables, más por miedo que por imposibilidad. Con los ojos a medio cerrar, la almohada se explica. Depósito de esperanzas, de utopías con fundamentos. Océano sin fondo y sin orilla para enterrar y encontrar rebeliones y fantasías de hadas, de lunas, de almas. Refugio de la cavidad que protege la memoria, bendita seguridad de las raíces. Y la almohada, pues, se sabe almohada.
Antes de todo, al final de todo, la puerta mira adentro y afuera a la vez, una niña sentada en un sillón, un auto azul con los vidrios medio abiertos. Y la puerta comienza a descifrarse. Delgada línea entre irse para siempre o nunca salir, dependiendo del valor. Abertura intencionada para recibir seres propuestos, solucionados, enredados; para permitir sonrisas, abrazos, manos, estrellas, condescendencia. Resquicio para dejar entrar la soledad (en especiales casos de conciencia). La puerta, pues, se reconoce puerta.
Meras formalidades, buenas etiquetas, casi siempre. Los objetos se saben reloj, espejo, almohada, puerta…herramienta. Se saben nombre y se saben esencia. Maravillas en común para acercar las intenciones a los hechos. Extensiones de los medios naturales para planear, para idear, para idealizar. Se conocen, se encuentran. Y sus oficios sí les gustan.

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