Apareció justo ahora que es completamente cierto y dice:
Cuando las tortugas bostezan
Rara vez, porque uno nunca se fija detenidamente. Pero especial atención cuando un giro del destino nos pone enfrente de una tortuga que abre las fauces para bostezar; ahí es cuando todo empieza, acaba. La tinta púrpura del cielo se va espesando para desvanecer el azul y rojo del atardecer. Entonces, a unos grandes ojos color avellana les da por sonreír, antes de que haya tiempo de fotografiarlos, sin remedio, por supuesto. Un poco más dentro, la conciencia se regocija al descubrirse en el reflejo de una lágrima, pero, claro está, se atormenta por la lágrima en particular. Y sucesivamente, uno atrás de otro, los sueños de los inocentes caminan derechitos, hacia las orillas de las almas, y esperan pacientemente su turno para realizarse.
Cuando las tortugas bostezan, cada centímetro de la tierra sin descubrir, se remueve para aparecer en el espacio donde los escépticos caminan todos los días para ir a trabajar. Y las oraciones sin fe se disipan para abonar las esperanzas de los que siguen creyendo. Por todos los rincones se reacomodan las viejas amistades (puras amistades), los libros a medio leer, las raíces desenterradas y los fantasmas del ayer que se niegan a ceder.
Cuando una tortuga abre la boca, aspira mucho aire y muestra su cansancio, es porque todo alrededor disminuye la velocidad. Y todo con el fin de que nosotros, pobres mortales, miremos hacia afuera, a través de los cristales, en el mejor de los casos (en el peor, hay que trepar los muros de concreto para poder mirar): las nubes con formas irreconocibles encima de nuestras cabezas llenas de perseguir lo que no nos libera; los rehiletes que cargan los niños, los cometas y los algodones de azúcar, que desvían la atención de la madurez por unos años más; las luces de las torres, de las alas de los aviones, de las linternas de los guardias, que lejos de intimidar, incitan a exasperar; los caminos que terminan hasta donde la vista no llega, y que llevan a donde la imaginación ya no cabe; las cosas increíblemente comunes (increíble que nos parezcan comunes), en fin…
Especial atención cuando las tortugas abren las fauces para bostezar; porque, cuando un ser tan cauteloso y pausado bosteza de cansancio (¡cansancio!), son palabras mayores…
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